"Un lugar para la alquimia"

La Cumbre, Córdoba, Argentina
En pleno corazón de La Cumbre, alejado del ruido y el estrés; en una casona de estilo inglés de principio de siglo pasado, donde la sobriedad, elegancia y su fina decoración, se unen para dar paso a un hotel con personalidad propia, que lo invita a relajarse y disfrutar de un entorno natural, donde solo hay lugar para el placer y el relax. Dispone de un parque de 10.000 mts2, llano, igual que las instalaciones por dentro que están en una sola planta, lo cual hace del hotel un lugar cómodo para personas mayores y niños.

miércoles, 8 de febrero de 2012

El Castillo Mandl


Otrora: El Fuerte

“Hacia finales de la segunda guerra, testigos relatan que se llevaban a cabo interesanes partidas de naipes en los jardines del castillo, interesantes, más que por el juego en sí, por los personajes que participaban. Visto de lejos, se diría que unas cuantas damas estaban reunidas a la mesa en ludica actividad, visto más de cerca era evidente que dichas señoras tenían de señoras únicamente la vestimenta...”

El Castillo se encuentra rodeado de un magnífico paisaje, sobre la ladera de las sierras que limitan La Cumbre por el Este, actualmente tiene unos 800 metros cubiertos y el total de la propiedad son 17 hectáreas.
El hoy conocido como Castillo Mandl, fue originalmente construido por el arquitecto Emilio Maissonave a pedido del médico rosarino Bartolomé Vasallo, con el fin de ser utilizado como residencia veraniega, en 1930. Por aquel entonces todos lo llamaban "el Fuerte". Su estructura ostentaba  torres, contrafuertes, almenas, un cañón de utilería que custodiaba la entrada, y un busto en tamaño natural de Edelmira Quintana, la mujer del médico. La historia del lugar está colmada de leyendas.

El arquitecto Emilio Maisonnave nació en Mar del Plata  el 9 de mayo de 1906. Realizo obras importantes, entre ellas, la sede central del Banco Provincial de Santa Fe, en Rosario. En Buenos Aires, el edificio de Cerrito 760 (hoy sede del tribunal de Justicia de la ciudad) junto con el arquitecto Juan B. Durand.

Vasallo quería un edificio colonial con torres y almenas, etc. Se sentía un señor feudal, comentaba Maisonnave. El y Ernesto Manzella (que había sido su compañero de estudios en la Facultad y con quien trabajaban juntos, como jóvenes arquitectos asociados con Durand) querían disuadir al medico famoso de las exigencias que imponía, pero Durand les decía a ellos: Llévenle el apunte que va a pagar bien.
Además de ser un cirujano de enorme fama y contracción al trabajo, que comenzaba a trabajar a las 4 y media en verano y a las 5 y media en invierno, y que llegaba a operar de cinco a seis enfermos por día, Vasallo era propietario de siete estancias en Entre Ríos: El Sauce, La Unión, San Carlos, La Margarita, El Triunfo, La Graciada y La Energía, consideradas modelo de explotación ganadera y agrícola.
Vasallo daba señales de su presencia en la morada, izando una bandera azul y acostumbraba con su esposa a pasear a caballo por las calles de La Cumbre. Donó su castillo a la Municipalidad pero, en 1942, el oneroso costo de mantenimiento hizo que el municipio lo llevara a remate público. Si hasta entonces su particular fisonomía lo había convertido en una atracción turística, su nuevo dueño, Fritz Mandl, le sumaba los rasgos de su personalidad poco común para transformarlo en centro de permanentes comentarios.
Sonia Baraldi de Marsal, residente en Los Cocos, recuerda que siendo niña mas de una vez  fue con sus padres, el doctor Alberto Baraldi y Clemencia Casas Duchesnois, a tomar el té al castillo del doctor Vasallo. Recuerda que entraba en un hall en penumbra y había un busto de Edelmira Quitana, la esposa de Vasallo, que le impresionaba mucho (me asustaba) porque le parecía toparse con la dueña de casa. Había un foco que iluminaba directamente al busto, que estaba sobre una columna y tenia una peluca colorada (el color de pelo de Edelmira), pestañas postizas, etc. Era como una replica de sí misma: un día estaba con tules morados, otro día, con una estola de visón... De repente aparecía ella a saludar y Sonia veía a las dos, era como muy teatral. Edelmira cambiaba el abrigo, los adornos, del busto y explicaba: Quiero ser todos los días distintos para mi marido. Vasallo era bajo, solía estar vestido de oscuro, con cuello duro, chaleco. Usaba pertinentes (anteojos sin patillas. Era zezioso. De extracción social humilde, ganaba muchísimo dinero como cirujano que era. Se concentraba en operaciones de apendicitis. Edelmira Quintana provenía de una familia de abolengo. En mi familia tenemos mas brigadieres que los Alvear, decía. Y Vasallo le comentaba a Maisonnave: mire en que cosas se viene a preocupar mi mujer.
Mandl fue un personaje novelesco que recorrió como protagonista buena parte del siglo 20.
En Austria heredó una fábrica de armas desde la que ayudó a pertrechar a la Alemania de Hitler, y la primera de sus cinco esposas fue una actriz vienesa que filmó el primer desnudo total de la historia del cine.
Una pelea personal con el ministro nazi Hermann Göring acabó con la expropiación de sus bienes en Europa, y a mediados de los años ’40 llegó como refugiado a la Argentina con su Rolls Royce, una corte de mantenidos y una tonelada de oro en lingotes.
Aquí abrió fábricas y empresas durante el peronismo, que debió cerrar cuando los norteamericanos lo hostigaron sospechándolo de nazi y, tras su muerte en Viena, en 1977, se desató una guerra por su herencia que tardó años en resolverse.
En 1944 Lo compró el aristócrata, fabricante de armas, austríaco Fritz Mandl, quién había desembarcado en la Argentina buscando refugio de la peligrosa Europa.

Dueño de un espíritu de vanguardia, Mandl llevo a cabo una remodelación plena de modernismo para la época. Sus interiores tienen, el inconfundible sello del diseñador francés Jean Michel Frank, cultor del minimalismo en el siglo XX, de Diego Giacometti y mobiliario de la prestigiosa Casa Comte.
Así, fueron eliminados los elementos que lo caracterizaban como una fortaleza más que como una residencia, y se logró un estilo muy particular y de avanzada para los años 40. A partir de entonces lo visitaron numerosas personalidades europeas: nobles, políticos y militares pasaron temporadas allí mientras su dueño permaneció en el país.
El castillo de La Cumbre fue el último escenario argentino en la vida de Fritz Mandl. Allí vivió por temporadas con sus dos últimas esposas, allí guardaba su colección de arte.  Luego de su muerte en Viena durante 1977, el Castillo sirvió como lugar de veraneo para Gloria, hija de Fritz, quién veraneaba con su familia y amigos todos los años, posteriormente, según la versión oficial, Alejandro Mandl, hijo de uno de los matrimonos de Fritz, quién había partido a Europa, ofreció a su amigo Hugo Anzorreguy tomar a su cargo la propiedad a cambio del mantenimiento y el pago de gastos y tasas.
Anzorreguy lo hizo reparar, remodelar y reequipar, convirtiéndolo en el lugar de descanso de su familia, y a la vez en sitio de peregrinaje de lo más granado del menemismo (incluso el propio Carlos Menem) y hasta escenario de una memorable despedida de año junto a jueces federales de la Capital.
En principio quiso hacer del Castillo Mandl un spa. El proyecto quedó de lado, tal vez porque su mujer se entusiasmó con la mansión o, tal vez, porque un spa era un negocio poco recomendable para guardar secretos. Lo cierto es que los agentes de la Side menemista pasaron sus bucólicas vacaciones mientras jugaban al golf.

Desde diciembre de 2006, el castillo, con su parque de 11 hectáreas, se ha transformado en una hostería de 15 habitaciones, en la que misteriosos recuerdos aún flotan entre sus paredes de piedra y que ofrece a sus huéspedes participar del encanto del lugar.

Fritz Mandl

Como ocurre con personajes que rozan la leyenda, Fritz Mandl parece haberse escrito la historia a su imagen y semejanza.
Inabarcable y difícil de clasificar, con una profesión rentable pero antipática como la de fabricante de armas, los americanos lo llamarían “agente nazi” y la Gestapo lo perseguiría por judío.
Esto último, al menos, era medianamente cierto. Había nacido en Viena en 1900, de padre judío y madre católica, y apenas cumplidos los 30 años se había hecho cargo de la empresa familiar. Tenía talento y sentido de la oportunidad, y en la Europa que se preparaba para la guerra el negocio comenzó a florecer.
Les vendió armas a Francia y a Suecia, a Alemania que se rearmaba en secreto, a Hungría, Polonia y Suiza, a Italia cuando invadió Etiopía (y a los etíopes para que se defendieran), a los dos bandos durante la guerra civil española, y a Bolivia en su guerra con Paraguay. Podía jactarse de algo: no era traficante sino productor, y en sus fábricas de Hirtenberg, a 30 kilómetros de Viena, trabajaban 25 mil obreros.
Por entonces, Mandl lucía siempre un clavel rojo en la solapa, fumaba sólo cigarros Havana y había comenzado a formar dos colecciones que lo mantendrían ocupado hasta sus últimos años: los trajes a medida, de los que según la revista Time llegaría a tener 278 en 1945, y las mujeres hermosas, que serían menos pero también suficientes: cinco esposas y una interminable lista de amantes.

Su primer matrimonio fue a los 21 años y le duró seis semanas; el segundo fue con Hedy Lamarr, una actriz que lo enamoró desnuda desde la pantalla de un cine; el tercero con Hertha Schneider; el cuarto con la argentina Gloria Vinelli, y el último con Monika Brueckelmayer, quien había sido su secretaria.
Como correspondía a alguien de su posición, Mandl era un hombre informado y a fines de los años 30 vio con anticipación el cataclismo que amenazaba a Europa. Dos días antes de que las tropas alemanas entraran en Viena, compró una villa en Cap d’Antibes, sobre la Costa Azul, y se retiró a esperar allí lo que iba a suceder. Tenía efectivo: un tiempo antes había convertido su fortuna personal en valores depositados en Francia y en Suiza, y sólo en París había guardado 15 millones de francos.
Cuando los nazis llegaron a Viena y tomaron su fábrica, empezó el litigio. Se dice que un amigo italiano, Benito Mussolini, intercedió por él, y entonces llegaron a un arreglo: a cambio de ceder el control operativo de su fábrica, Mandl recibió 170 mil libras esterlinas y 1.240.000 marcos alemanes, su padre fue liberado de la custodia invasora, y las propiedades personales confiscadas le fueron devueltas.
Entre estas había muebles, una colección de arte y otra de pianos, y algunos Rolls Royce. Uno de ellos era un modelo RR III landau de 1938, carrozado especialmente por Vaden Plas, que apenas pudo recuperar embarcó hacia un puerto seguro.
Fritz Mandl llegó a Buenos Aires en octubre de 1938. Además del Rolls venía con su padre, su hermana Renée, su banquero privado (a quien había rescatado de un campo de concentración), su amante Hertha Schneider y 700 toneladas de oro en lingotes que iba a depositar en el Banco Central.
No era la primera vez que estaba en la Argentina. Los primeros negocios en el país los había hecho en 1927, vendiéndole herramientas de precisión a la fábrica Borges, y 10 años más tarde había intentado –sin éxito– participar en las fábricas de armas de Río Tercero y de Villa María. Como la operación no había resultado, tuvo que diversificar la inversión: compró una arrocera en Entre Ríos, una fábrica de bicicletas en la capital, una mina de carbón en Mendoza, campos en todo el país, empresas en Uruguay y la cuarta parte de la Naviera Mihanovich. En 1939, cuando ya llevaba un año yendo y viniendo desde Buenos Aires, regresó de uno de sus viajes con un pasaporte diplomático que lo acreditaba como cónsul general de Paraguay en Monte Carlo.
Para 1941, las páginas de sociedad de los diarios se ocupaban frecuentemente de él. Vivía en un piso sobre la avenida Alvear; ocasionalmente le pegaba a su mujer, que lo denunciaba a la Policía; trataba de ser aceptado como socio en el Jockey Club, donde siempre le ponían bolilla negra, y se trasladaba continuamente entre un chalet que había comprado en Mar del Plata, una propiedad en la zona del Llao Llao, sobre el Nahuel Huapi, y el castillo que tenía en La Cumbre, que había hecho reformar para sacudirle el mal gusto de su dueño anterior.

En la Argentina peronista de la posguerra, en fin, no soplaron buenos vientos para Fritz Mandl.
Washington y Londres sospechaban del país y de Perón, que habían sido tan tolerantes con Adolf Hitler, y creyeron –o fingieron creer– que el austríaco era el cerebro de la fuga de nazis y el testaferro de sus capitales expatriados. Parece más cierto que no estaban dispuestos a tolerar que Mandl reiniciara su fabricación de armas en esa Buenos Aires inestable y belicosa, y las presiones acabarían con él, que terminaría regresando a Europa para remontar las fábricas que había recuperado.
Los recuerdos que hoy quedan de ese hombre en La Cumbre son borrosos, y lo pintan andando a caballo por las sierras, llegando a misa vestido de blanco, montado en un sulky, o recibiendo huéspedes con los que jugaba largas partidas de bridge. “El castillo era la casa que más le gustaba a mi padre”, recuerda Alejandro Mandl Vinelli, uno de los cinco hijos que tuvo con su exquisita sucesión de mujeres.
Pese a eso, Fritz Mandl dejó de ir allí hacia 1973 ó 1974, por miedo a que lo secuestrara algún grupo guerrillero. Moriría en Viena sin volver a ver el castillo, en 1977, y sería enterrado en Hirtenberg, donde había empezado a amasar su fortuna.

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